
El pasado sábado se presentó públicamente en Madrid un nuevo partido político: Unión, Progreso y Democracia. Este partido que nace como iniciativa política de personas vinculadas a la plataforma antiterrorista Basta ya, como la exsocialista Rosa Díez o el filósofo Fernando Savater, está causando gran expectación en la sociedad española y en los medios de comunicación. En un país dominado por un asfixiante bipartidismo y por un acentuado divorcio entre el mundo de la política y la ciudadanía siempre es una buena noticia el nacimiento de una nueva opción política. La siempre presente abstención electoral y la escasa participación de los ciudadanos y ciudadanas en los movimientos asociativos refleja el carácter de una sociedad desmovilizada y despolitizada, y por lo tanto, fácilmente manipulable. Con esta nueva iniciativa se amplia la oferta de opciones políticas de nuestro país, con lo cual los ciudadanos tendrán una formación política más en la que poder participar y con la que poder sentirse identificados.
Quizás el nacimiento de este nuevo partido signifique la recuperación de la efervescencia política que nuestro país experimentó durante la transición a la democracia, pero lo cierto es que aunque se recupere la iniciativa política y aumente el número de partidos políticos las ideas defendidas por estas organizaciones siguen siendo muy similares. Y de la presentación de UPD se desprende que, desgraciadamente, aportará escasos proyectos y pocas nuevas ideas al panorama político. Nada nuevo bajo el sol.
Hace mucho tiempo que en nuestro país dejó de existir una derecha liberal, moderada, democrática y civilizada. Ya ni recuerdo quién fue su último exponente. En la actualidad, existe un gran vacío político en este ámbito y UPD se apresura a ocuparlo astutamente. La derecha española, con el PP y la Conferencia Episcopal como sus máximos portavoces, regresa ahora a sus orígenes más autoritarios y antidemocráticos y muestra una cara intransigente, rancia y retrógrada, a pesar de que intenten maquillarla con adornos centristas y liberales. Ante esta vieja derecha y la nueva línea de un PSOE muy cuestionado nace el nuevo partido.
La defensa de los derechos de gais, lesbianas, bisexuales y transexuales, la laicidad del estado, la reforma electoral o la defensa de los servicios públicos son propuestas que UPD, más por electoralismo que por convencimiento, hizo suyas en el acto público del sábado. Excelente estrategia para intentar captar votos de una izquierda desencantada y desilusionada en muchos casos. Pero, sin embargo, en otros asuntos pudimos comprobar que los postulados de la derecha tendrán un peso preponderante en el partido de Rosa Díez.
La condena de toda forma dialogada y pacífica de resolución del conflicto vasco, la satanización de los nacionalismos, ya sean estos democráticos o no, y la defensa reaccionaria, sectaria y populista de la bandera española y los símbolos patrios no dejan lugar a dudas. Nos encontramos ante un ágil y astuto intento de la derecha de refundarse y modernizarse mediante la construcción de una nueva formación política.
Rosa Díez aseguró el sábado que su partido luchará por regenerar la democracia, pero en su propuesta regeneradora se olvidó de la institución más rancia y antidemocrática que todavía conserva el Estado español: la monarquía. La portavoz de UPD habló de listas abiertas, de participación ciudadana, de control de los cargos públicos por parte de la ciudadanía…, pero se olvidó que en este país todavía reina un monarca impuesto por Franco y que el jefe del estado no es elegido democrática y periódicamente por los ciudadanos. También hizo referencia a la transición democrática que llevamos a cabo hace ya 30 años, pero olvidó que muchos de los movimientos nacionalistas que critica y demoniza hicieron, probablemente, mucho más por la llegada de la democracia que otros que intentan hoy alzarse como los auténticos salvadores de España.
Muchas hipocresías, medias verdades y un oscuro afán de protagonismo se mezclan en esta nueva formación política. Todo esto unido a su ambigüedad en asuntos capitales, como la política exterior o económica, hace que UPD no pueda presentarse como una alternativa política seria y creíble.
El principal objetivo de UPD es claro: combatir los nacionalismos periféricos. Y como todo partido que nace contra algo o alguien sin más proyecto e ideología está abocado al fracaso.
Alberto Hidalgo Hermoso
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